¿Pensabas que la inteligencia artificial iba a quitar empleos justo en el terreno donde mejor sabe moverse, el software? En ciberseguridad está ocurriendo algo menos intuitivo: cuanto más capaz se vuelve la IA, más necesaria resulta la mirada humana que sabe dónde puede fallar.

Ese es el hallazgo que dibujan varios informes recientes y que también recoge un análisis de The New York Times. La aparición de modelos como GPT‑5.4‑Cyber de OpenAI o Mythos de Anthropic, capaces de detectar y explotar vulnerabilidades, no está borrando a los expertos: está elevando su valor.

Además, los datos del mercado laboral refuerzan esa señal. En Estados Unidos, las ofertas de empleo en ciberseguridad crecieron un 11% interanual en el primer trimestre, según Glassdoor. Las empresas buscan una pieza clave muy concreta: perfiles con experiencia en brechas de seguridad, protección de datos, revisión de código y gestión de incidentes.

No es una paradoja. Es un cambio de mecanismo.

La IA funciona aquí como un nuevo cableado dentro de una casa antigua. Puede encender luces más rápido, automatizar alarmas y vigilar puertas. Pero también añade enchufes, interruptores y conexiones que antes no existían. Y cada nuevo punto de conexión es también una nueva oportunidad de fallo.

En otras palabras, no basta con tener una cerradura mejor. Ahora hay que entender todo el tablero eléctrico. Los equipos de ciberseguridad ya no solo protegen datos: revisan cómo se integra la IA en sistemas complejos, cómo responde ante incidentes y qué huecos deja abiertos al conectarse con la nube, el código o los flujos internos.

Ahí está la clave. La IA mejora la defensa, pero también afina las herramientas del atacante.

Según Check Point, los ataques impulsados por IA pasaron de una fase experimental a un uso criminal rutinario. Y un reporte de Reuters muestra que esta tecnología ya aparece con fuerza en incidentes y brechas de datos. Es decir, el mismo motor que ayuda a detectar fallos también puede acelerar a quien quiere aprovecharlos.

El nuevo perfil que buscan las empresas

Por eso el conocimiento general ya no alcanza. El estudio de ISC2 de 2025 indica que el 27% de los responsables de contratación considera la IA una de las habilidades más demandadas, mientras el 44% de los profesionales percibe lo mismo. A eso se suman seguridad en la nube, ingeniería, análisis y evaluación de riesgos.

También hay un factor de urgencia. Según Fortinet, el 49% de los encuestados teme que la IA incremente los ciberataques. Y el 97% de las organizaciones ya utiliza o planea utilizar soluciones de ciberseguridad basadas en IA. Es decir, no solo quieren defenderse de esta tecnología: quieren incorporarla sin que se convierta en un punto ciego.

En España, el movimiento va en la misma dirección. De acuerdo con INCIBE, la ciberseguridad emplea a 164.761 personas y representa el 25,55% del empleo TIC. La previsión es aún más clara: un crecimiento anual del 14,25% entre 2026 y 2029, hasta alcanzar 282.157 puestos.

El problema es que falta talento. Deloitte señala que el 38% de los CISO, los responsables máximos de seguridad, ve la dependencia de perfiles escasos como un reto significativo. Y para 2026, el 60% del personal de ciberseguridad en las organizaciones ya es externo.

Una central humana para sistemas más complejos

La escena se parece cada vez menos a una máquina que reemplaza a una persona y más a una central que necesita operadores mejor preparados. La IA puede actuar como detector, escáner o asistente. Pero alguien tiene que decidir qué riesgo importa, qué alerta es ruido y qué interruptor conviene apagar antes de que salte todo el sistema.

Por eso, en la era de la inteligencia artificial, el experto en ciberseguridad no pierde relevancia. Se convierte, más bien, en la mano que entiende el plano de la casa justo cuando el cableado se vuelve más rápido, más útil y también más delicado.

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