¿Qué puede pasar cuando una foto cotidiana, tomada para celebrar un cumpleaños o probar un filtro, termina en una aplicación que promete convertirla en una escena de los años ochenta? La respuesta no siempre se ve en la pantalla. A veces, queda escondida detrás del botón de “generar”.

María Aperador, experta en ciberseguridad, alertó sobre el riesgo de los trends de inteligencia artificial que transforman fotografías personales. En un vídeo publicado el 10 de septiembre de 2026, advirtió que estas propuestas parecen inocentes, pero exigen una pieza clave: el rostro del usuario.

María Aperador, experta en ciberseguridad, alertó sobre el riesgo de los trends de IA que transforman fotografías personales.

Las herramientas de generación de imágenes, sistemas capaces de crear o modificar fotos a partir de una orden, impulsaron modas como las figuras de vinilo, las recreaciones de series y los retratos con estilos similares al de Studio Ghibli. Plataformas como ChatGPT Imágenes 2.5 y Nano Banana de Google hacen que el resultado llegue en segundos.

Sin embargo, Aperador es categórica al definir el mecanismo: “Diversión a cambio de datos”. El supuesto juego gratuito puede pagarse con información biométrica, es decir, los rasgos únicos que identifican un rostro.

La preocupación no surge solo de una experta. Exinvestigadores de laboratorios como OpenAI y Anthropic, entre ellos Jacob Coxon, denunciaron que la carrera por mejorar las capacidades de estos sistemas puede avanzar más rápido que las garantías para proteger a los usuarios.

La foto como una llave que se entrega sin copia

El rostro es una llave digital: permite reconocer a una persona y ayuda a construir imitaciones cada vez más convincentes. Cuando esa imagen entra en un modelo generativo, un programa que produce contenido nuevo a partir de datos, el usuario puede perder el control sobre su recorrido.

Por ejemplo, la foto podría quedar vinculada a procesos de entrenamiento, la etapa en que un sistema aprende patrones a partir de grandes conjuntos de información. También puede exponerse a filtraciones, usos no previstos o transferencias a terceros, según las condiciones de cada servicio.

El rostro es una llave digital: permite reconocer a una persona y ayuda a construir imitaciones cada vez más convincentes.

Ese es el engranaje que suele pasar inadvertido. La imagen animada o nostálgica es la parte visible; el cableado de datos, en cambio, queda fuera de la escena y pocas personas revisan qué ocurre después de aceptar los permisos.

Del filtro divertido a la suplantación

El riesgo aumenta porque la inteligencia artificial acelera recursos que ya empleaban los delincuentes. Con una sola fotografía, pueden crear un deepfake (vídeo falso que imita a una persona) para hacer que alguien parezca decir, pedir o aprobar algo que nunca hizo.

Estas piezas pueden utilizarse en intentos de extorsión o suplantación de identidad. Un atacante podría enviar un vídeo a familiares, compañeros de trabajo o contactos comerciales para generar confianza antes de pedir dinero, información o acceso a una cuenta.

Además, no todas las tendencias tienen el mismo impacto legal. El uso de un estilo semejante al de Studio Ghibli motivó un requerimiento legal del estudio japonés contra OpenAI por una presunta vulneración de derechos de autor. La discusión revela que el problema no se limita a la privacidad.

Antes de participar, conviene mirar el interruptor completo: qué datos solicita la herramienta, para qué dice que los usará, cuánto tiempo los conservará y si permite eliminarlos. También ayuda evitar fotos de menores, imágenes de documentos y retratos donde aparezcan otras personas.

La oportunidad está en conservar el control antes de pulsar “generar”. Porque, en el mundo digital, una imagen divertida puede durar unos segundos, pero la llave que abre puede permanecer mucho más tiempo.

0 0 votos
Valoración del artículo
Suscribirte
Notificar sobre
guest
0 Comentarios
Más Antiguos
Más Nuevos Más Votados