Cuando una persona le pide una receta, una imagen o un resumen a la inteligencia artificial, parece que todo ocurre en el aire. Sin cables, sin humo, sin ruido. Pero detrás de esa respuesta inmediata hay una maquinaria física que consume agua, electricidad y suelo.
Eso es lo que revela un informe de la Universidad de las Naciones Unidas, liderado por Kaveh Madani. El hallazgo central es incómodo: el avance de la IA no solo amplía su huella de carbono, también presiona otros recursos básicos que sostienen la vida cotidiana de miles de millones de personas.

Además, el estudio advierte que mirar una sola métrica puede dar una imagen incompleta. El mecanismo de fondo es más amplio: mientras crecen los centros de datos, el sistema necesita más energía para funcionar, más agua para enfriarse y más terreno para alojar esa infraestructura.
“El objetivo no es criticar la IA, sino promover un uso responsable y sostenible”, señala Madani, según el informe. La pieza clave, subraya, es entender el impacto real con varias métricas al mismo tiempo y no solo con las emisiones.
También te puede interesar:La ONU promete una IA “segura”, pero la batalla oculta por el control global apenas comienzaLos centros de datos funcionan como una cocina industrial encendida todo el día. No basta con enchufar los equipos. También hay que disipar el calor que generan, y ahí entra el agua como un engranaje silencioso pero decisivo.
Gran parte de esa demanda hídrica proviene de los sistemas de refrigeración. Es decir, del conjunto de equipos que baja la temperatura de los servidores, las computadoras especializadas que procesan las tareas de IA, para que no fallen ni pierdan rendimiento.

Hacia 2030, el informe estima que los centros de datos vinculados a la IA consumirán 945 teravatios hora de electricidad. Ese volumen representará cerca del 3 % del total mundial y equivale al doble del consumo eléctrico de Francia en 2025.
En agua, la cifra también enciende alarmas. El consumo anual asociado a la IA podría llegar a 9,3 billones de litros en 2030, una cantidad comparable al consumo doméstico anual de 1.300 millones de personas en África subsahariana.
También te puede interesar:La ONU promete una IA “segura”, pero la batalla oculta por el control global apenas comienzaUn impacto que no termina en el enchufe
El informe también suma otra variable que suele quedar fuera de foco: la huella territorial, el suelo que ocupan estas instalaciones. Las infraestructuras de IA podrían extenderse sobre 14.500 kilómetros cuadrados en 2030, más del doble del área metropolitana de Yakarta.

Y aquí aparece otra clave. Mejorar un indicador puede empeorar otro. Un centro de datos más eficiente en carbono, por ejemplo, podría aumentar su consumo de agua o requerir más superficie. Ese cruce de efectos es el verdadero mecanismo que el estudio pone sobre la mesa.
Mientras tanto, las grandes tecnológicas aceleran. Google, por ejemplo, prevé invertir 185.000 millones de dólares en infraestructuras relacionadas con esta tecnología en un solo año, una señal de que la expansión no se está frenando, sino intensificando.

En la práctica, esto cambia la conversación pública. Ya no alcanza con preguntar si una herramienta de IA ahorra tiempo o mejora la productividad. También importa saber qué recursos invisibles activa cada consulta y qué presión suma sobre redes eléctricas, reservas de agua y uso del suelo.
La oportunidad, según el informe, no está en apagar el sistema, sino en diseñarlo con más cuidado. Si la IA va a convertirse en una nueva central de la vida digital, la pieza clave será que su cableado no termine vaciando la canilla de otros.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.










