¿Qué haces cuando tu modelo de inteligencia artificial domina el mercado pero empieza a generar serias dudas éticas y ecológicas? Fácil: te llevas a un puñado de creadores de contenido a un retiro de lujo en el norte del estado de Nueva York. Así de simple. Tras meses de debate sobre el impacto de los LLM, OpenAI ha intentado suavizar su imagen corporativa con el bautizado “Summer Club”. El objetivo oficial era enseñar a la red a exprimir ChatGPT Work, pero la jugada les ha salido terriblemente mal.
Y es que la estrategia de relaciones públicas pintaba fenomenal sobre el papel. Cenas estilo «farm-to-table», talleres creativos de pintura y hasta sesiones de apicultura para reconectar con el medio ambiente. Un lavado de cara bucólico y verde para una tecnología que requiere clústeres gigantescos para realizar inferencias a diario.
En concreto, la compañía liderada por Sam Altman quería usar este entorno idílico para formar a los influencers en el uso de sus herramientas software de productividad. La idea era mostrarles cómo optimizar la redacción de documentos empresariales o agilizar flujos de trabajo profesionales. Todo muy estético, ligero y perfectamente empaquetado para sus comunidades en TikTok. Un paraíso de luz y color.
Pero la letra pequeña de este evento es que la audiencia ya no perdona ni una. En cuanto los vídeos empezaron a rodar por los distintos feeds, la sección de comentarios se convirtió en un campo de minas absoluto.
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Si analizamos los números de la polémica, las acusaciones tienen bastante sentido. Decenas de usuarios cargaron contra los asistentes, acusándoles sin tapujos de «vender su alma» por unas cuantas noches en alojamientos de auténtico lujo. De hecho, la avalancha de críticas fue tan asfixiante que una conocida creadora de Instagram optó por borrar todo el contenido patrocinado para frenar la sangría de seguidores.
A ello hay que sumarle una desconexión narrativa brutal por parte de la empresa. La gente no tardó en señalar la inmensa hipocresía de celebrar talleres de bienestar en plena naturaleza mientras tras bambalinas se cierran acuerdos titánicos para levantar centros de datos. Y no hablamos de infraestructuras pequeñas, sino de proyectos colosales en Ohio valorados en cifras astronómicas. Es decir, presumes de ecología mientras planeas asfaltar terrenos inmensos para meter miles de GPUs devorando energía. La audiencia ya ha calado este tipo de mensajes.
Por si fuera poco, a esta crisis de percepción se unió el controvertido contrato de 200 millones de dólares firmado recientemente con el Departamento de Defensa estadounidense. Cuando la que publicó sobre el viaje fue preguntada por este complejo contexto militar y energético, quedó patente que la mayoría de los invitados no tenían ni idea de dónde se estaban metiendo. Una tormenta perfecta.
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Evidentemente, esta excursión no es una idea aislada. OpenAI lleva un tiempo diseñando un pipeline de marketing para infiltrarse en la cultura popular. No hace mucho se informó que la empresa contrató a Charles Porch, un ex directivo estrella que venía de Meta, como vicepresidente de alianzas creativas globales.
Su misión es precisamente esta: tejer redes con nichos creativos y humanizar la inteligencia artificial. Necesitan vender que herramientas como ChatGPT Work no solo sirven para automatizar despidos o picar código rápido, sino que mejoran el día a día. Los creadores son ahora su principal canal de distribución.

Curiosamente, rivales directos como Anthropic o el mismísimo Microsoft Copilot ya han experimentado con activaciones similares sin sufrir tanto daño colateral. Sin embargo, como bien informaron Sarah y Kate en un análisis reciente, el problema de percepción que arrastra la firma matriz de ChatGPT es mucho más profundo y polarizante que el del resto de start-ups tecnológicas.
La cruda realidad es que parte del público está agotado de la ostentación tecnológica. Tal y como una influencer publicó en LinkedIn analizando el sector, fardar de fines de semana que cuestan miles de dólares la noche mientras el panorama global y el sector tech atraviesan ajustes severos, roza la falta de empatía.
Para ponerlo todo en perspectiva, basta con recordar que ya hay reportes que mencionan un acuerdo de 500.000 millones de dólares en desarrollo para sostener esta sed de computación de la IA. Básicamente, el impacto real sobre la red eléctrica y el consumo de agua ya no se puede maquillar con cenas bucólicas.

La pelota está ahora en el tejado del equipo de alianzas de la compañía. Tendrán que decidir si continúan persiguiendo a la Generación Z con escapadas idílicas o si afrontan de cara el debate sobre la sostenibilidad de sus modelos. Veremos si para el próximo retiro se atreven a incluir un tour guiado por las naves industriales que procesan todos sus prompts.

Me dedico al SEO y la monetización con proyectos propios desde 2019. Un friki de las nuevas tecnologías desde que tengo uso de razón.
Estoy loco por la Inteligencia Artificial y la automatización.











