Dos grandes comercios minoristas japoneses incorporaron IA al desarrollo de alimentos para renovar sus catálogos con mayor velocidad. El hallazgo no consiste en una máquina que cocina sola, sino en un mecanismo que propone combinaciones de sabores que luego los equipos humanos convierten en productos reales.

Una de las cadenas alimentó al sistema con datos históricos de ventas. La otra eligió el camino opuesto: pidió ideas sin entregar tendencias ni información comercial previa. Ambas buscaban ampliar el repertorio, pero con un cableado creativo distinto.

Dos grandes comercios minoristas japoneses incorporaron IA al desarrollo de alimentos para renovar sus catálogos con mayor velocidad.

La primera estrategia usa la IA como una brújula con memoria. El algoritmo, un sistema que detecta patrones en grandes volúmenes de información, revisa qué compraron los clientes antes y sugiere novedades con más posibilidades de aceptación.

Su primer producto oficial apoyado en esta herramienta fue un sándwich de galleta relleno de crema de leche espesa, lanzado en julio como prueba piloto. También desarrolló un canelé de estilo francés, con masa de puré de boniato y cobertura de salsa de caramelo.

La IA como una cocina con dos recetarios

La diferencia entre ambas cadenas puede entenderse como una cocina doméstica con dos cajones. Una IA abre el cajón de las recetas que ya funcionaron; la otra abre un cajón vacío y prueba ingredientes sin preguntar si alguien los pidió antes.

En el primer cajón están las ventas, los hábitos y los sabores que ya lograron atraer compradores. Es una forma de reducir el riesgo: la innovación no sale a ciegas, sino que se apoya en señales conocidas del mercado.

La IA combina patrones y relaciones posibles entre ingredientes, incluso cuando resultan poco evidentes.

En el segundo, en cambio, no hay listas de compras ni favoritos. La cadena rival buscó que el sistema escapara de las formas habituales de pensar. Así apareció una tarta de limón con sabor a pepino, prevista para septiembre en Tokio y regiones cercanas.

La propuesta suena como mezclar dos estantes que normalmente no se tocan en una heladera. Sin embargo, el engranaje de la IA no parte de la intuición cultural de una persona. Combina patrones y relaciones posibles entre ingredientes, incluso cuando resultan poco evidentes.

Shingo Shiina, un arquitecto de 64 años que probó la tarta, reconoció que su primera reacción fue de desconcierto. Pero el resultado cambió su percepción: el pepino, señaló, encajaba bien con el limón y el postre era delicioso.

“Una combinación como la de pepino y tarta de limón difícilmente se le habría ocurrido a una persona”, afirmó Shiina tras probarla.

Shiina afirmó: “Una combinación como la de pepino y tarta de limón difícilmente se le habría ocurrido a una persona”.

La segunda cadena también obtuvo otras ideas: un bollo con pasta de judía roja, margarina y crema de yogur, además de una ensalada de estilo japonés diseñada para parecer un parfait. Son productos que buscan convertir la sorpresa inicial en una oportunidad de compra.

La clave, sin embargo, sigue en manos humanas. Especialistas desarrollan las recetas, ajustan texturas, corrigen proporciones y deciden si un producto puede venderse. La IA sugiere rutas, pero no tiene la última palabra ni prueba el resultado.

Este modelo ofrece una imagen más concreta del debate sobre el trabajo y los algoritmos. En lugar de reemplazar a chefs, desarrolladores o responsables de producto, la tecnología funciona como un interruptor creativo: enciende posibilidades que después una persona debe evaluar.

Para los consumidores, el cambio podría llegar en forma de un postre inesperado en la góndola. Y si la mezcla tiene sentido al primer bocado, la cocina del futuro quizá conserve algo muy humano: la decisión de animarse a probar.

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