Faltan cuatro años para las elecciones presidenciales de 2028, pero en los despachos de Silicon Valley ya están en plena campaña. Chris Lehane, director de asuntos globales de OpenAI, ha lanzado un órdago político de los que hacen ruido y marcan agenda. Ha advertido abiertamente que la inteligencia artificial será el eje central que decida el futuro económico del país. Y con ello, ha puesto sobre la mesa un tema enormemente espinoso: cómo los inmensos centros de datos necesarios para la IA pueden acabar disparando nuestras facturas de la luz. Así de directo.
El motivo es simple: la asequibilidad ya se perfila como el asunto crítico para los votantes tras la reciente ola de inflación. El directivo ha publicado un nuevo ensayo donde pide a los políticos dejar de lado el discurso fácil anti-IA y enfrentarse a la realidad. Según Lehane, los ciudadanos sienten una ansiedad brutal por la pérdida de control sobre sus propios empleos. Propone lo que él llama una «tercera vía» que, sobre el papel, busca proteger a los trabajadores y democratizar la tecnología.
Pero claro, no todos en el sector compran este relato salvador. Desde el AI Now Institute, la experta en poder corporativo Kate Brennan ha sido lapidaria con la nueva actitud de la empresa. Considera que este giro es una maniobra interesada que choca frontalmente con la agenda política de OpenAI del año pasado. En 2023, su única prioridad era acelerar el desarrollo y eliminar cualquier barrera regulatoria que les molestara.
Un «New Deal» diseñado a medida por una empresa privada
Si miramos los detalles del documento, Lehane se atreve a comparar el impacto económico de modelos como ChatGPT con el histórico New Deal de Franklin D. Roosevelt. Afirma que necesitamos un pacto social similar para que la riqueza de la automatización llegue de verdad a la calle. En el terreno fiscal, promete incentivos para aprender a usar IA, acceso rápido a capital para emprendedores y nuevos modelos de reparto de beneficios. Suena espectacular.
La letra pequeña es que Brennan destroza esta metáfora histórica calificándola de perjudicial y ahistórica en el mejor de los casos. El New Deal original impuso límites muy duros al poder corporativo y fijó verdaderas protecciones laborales por ley. En cambio, las actuales propuestas de OpenAI no incluyen obligaciones vinculantes para que las empresas asuman el enorme coste económico de despedir a humanos sustituidos por un LLM. Pura cortina de humo.
De hecho, los críticos proponen alternativas que sí escuecen de verdad en el valle tecnológico. Hablan de revisar y subir el impuesto de sociedades o de crear beneficios fiscales concretos para quienes contraten a personas de carne y hueso. La idea de fondo es evitar que el mercado quede totalmente secuestrado por un puñado de gigantes tecnológicos intocables.
Facturas de luz desorbitadas y el comodín del miedo a China
A todo esto se le suma el gran elefante en la habitación: la infraestructura energética. Los votantes empiezan a ver con recelo cómo las empresas tecnológicas devoran gigavatios de electricidad para la inferencia de sus modelos. Esto se traduce en un miedo real a que el encarecimiento de la energía golpee el bolsillo del consumidor medio por culpa de los centros de datos.
Como era previsible, Lehane defiende su terreno comercial con uñas y dientes. Reconoce que existen estas quejas vecinales, pero contraataca diciendo que estas instalaciones generan empleo puro en la construcción e inyectan suculentos ingresos fiscales locales. Y para rematar el argumento, saca la temida carta geopolítica. Advierte que frenar la expansión de los centros de datos regalaría la ventaja tecnológica absoluta a China.
El nivel de presión corporativa llega a tal punto que compara el apoyo a una moratoria sobre estas instalaciones con el polémico voto que autorizó la guerra de Irak en 2002. Te haces una idea de la intensidad del debate en Washington. Quieren permisos de obra rápidos, energía barata y cero bloqueos.
La doble moral de la seguridad y el control del algoritmo
Cambiando de frente, el ensayo también aborda la entrada de la IA en la educación y el espinoso asunto de la seguridad infantil. Lehane exige que no se excluya esta tecnología de las aulas, argumentando que hacerlo agravaría la brecha de desigualdad entre niños ricos y estudiantes de comunidades rurales. Sin embargo, los docentes le recuerdan que aún no hay evidencias probadas de que un modelo de lenguaje mejore el aprendizaje real. Muchos piden invertir primero en atención humana individualizada antes que en licencias de software masivas.
Resulta bastante curioso que ahora OpenAI reclame normas de seguridad exigibles y un «mecanismo de desconexión» para apagar sistemas rebeldes. Brennan califica esta postura de sumamente hipócrita. No hace falta tener mucha memoria para recordar cómo la compañía se opuso ferozmente en 2024 al proyecto de ley SB 1047 de California, que exigía exactamente eso.
En su momento, la firma de Sam Altman trató de limitar la regulación estatal argumentando que las leyes locales podían matar la innovación estadounidense. Aunque últimamente han suavizado sus comunicados y dicen aceptar auditores externos, los laboratorios siguen sin publicar planes exhaustivos de contingencia por si una IA escapa al control humano. Las palabras van por un lado, y los hechos por otro.
El cierre del documento defiende que los humanos debemos mantener nuestra autonomía frente a las máquinas. Pero claro, esto choca de bruces con una realidad paralela donde el uso de la IA se está volviendo prácticamente obligatorio para acceder a empleos o realizar trámites con la sanidad pública.
Tocará esperar para ver cómo digieren los políticos este caramelo envenenado. Lehane nos vende que abrazar el ecosistema cerrado de OpenAI es la única vía para que la clase media sobreviva económicamente. Por ahora, cuando la prensa intentó contactar con la empresa para aclarar si estas políticas consolidarán su monopolio, la callada por respuesta fue absoluta. Veremos si en 2028 los legisladores exigen hechos reales o si seguimos pagando, literalmente, la factura de su revolución tecnológica.

Me dedico al SEO y la monetización con proyectos propios desde 2019. Un friki de las nuevas tecnologías desde que tengo uso de razón.
Estoy loco por la Inteligencia Artificial y la automatización.










