Un experimento del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), dirigido por la profesora Pattie Maes, revela que la inteligencia artificial puede influir en aquello que las personas creen haber visto. El hallazgo no se limita a confundir un detalle: también puede aumentar la confianza con la que alguien defiende una escena inexistente.

El hallazgo no se limita a confundir un detalle, aumenta la confianza de una escena inexistente.

El equipo mostró 24 fotografías cotidianas a 200 participantes. Tras una pausa, algunos volvieron a ver las imágenes originales y otros recibieron versiones modificadas con IA, con expresiones faciales distintas, personal militar añadido o señales de cambio climático incorporadas de forma digital.

Quienes observaron las fotografías alteradas desarrollaron más falsos recuerdos y, además, confiaban más en ellos. Maes advierte que esta capacidad de la IA para intervenir en la memoria humana puede ser peligrosa, sobre todo cuando una imagen parece una prueba directa de lo ocurrido.

La memoria como un álbum que se reorganiza

La memoria es un álbum de fotos donde se ordenar las escenas y generar detalles

La clave está en que la memoria no funciona como una cámara de seguridad. Se parece más a un álbum de fotos guardado en casa: cada vez que una persona abre una página, el cerebro vuelve a ordenar la escena y puede pegar un detalle nuevo sin advertirlo.

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La IA actúa como una herramienta capaz de retocar ese álbum a gran velocidad. Puede almacenar datos, recuperar una conversación y resumir una jornada, pero también interpreta y reconstruye. El riesgo aparece cuando el sistema no solo guarda el recuerdo, sino que cambia el cableado de la historia que una persona se cuenta a sí misma.

Ese mecanismo es especialmente sensible en la Justicia. Un testimonio sobre un accidente de tráfico o una agresión sexual puede depender de detalles que ya son frágiles. Si una imagen, un resumen o un chatbot, programa que conversa mediante IA, introduce información incorrecta, el cerebro puede incorporarla como propia.

Otros estudios citados por los investigadores apuntan en la misma dirección. En uno de ellos, las personas interrogadas sobre un crimen mediante un chatbot generativo mostraron tres veces más falsos recuerdos que el resto. En otro, algunos participantes recordaron remakes de películas inexistentes, incluida una supuesta versión de Matrix protagonizada por Will Smith.

Una ayuda útil que necesita límites

El interés de la prof. Pattie Maes, nació de una experiencia familiar: su madre sufría deterioro cognitivo y olvidaba quién la había visitado o qué le habían dicho el día anterior.

La oportunidad, sin embargo, no consiste en abandonar estas herramientas. Maes lleva más de 35 años estudiando sistemas que amplíen la inteligencia humana en lugar de sustituirla. Su interés también nació de una experiencia familiar: su madre sufría deterioro cognitivo y olvidaba quién la había visitado o qué le habían dicho el día anterior.

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Por eso, su equipo creó Memoro y MemPal, sistemas de memoria externa que combinan IA y dispositivos portátiles para registrar momentos cotidianos. Las primeras pruebas con personas mayores fueron prometedoras y podrían ayudar a quienes viven con Alzhéimer u otras demencias.

Pero una memoria auxiliar necesita funcionar como una agenda, no como un narrador que completa los huecos. Si el dispositivo ofrece una versión reconstruida de un día, conviene tratarla como una pista para verificar, no como un recuerdo definitivo.

La preocupación también alcanza al pensamiento cotidiano. En otro experimento del equipo de Maes, aún pendiente de revisión por pares, 54 personas escribieron ensayos con distintas ayudas. Quienes trabajaron sin herramientas mostraron mayor conectividad cerebral; los usuarios de Google quedaron en un punto intermedio y los de ChatGPT registraron la más baja, además de tener dificultades para citar sus propios textos.

La evidencia aún es inicial y no prueba que usar IA provoque un deterioro inevitable. Las personas siempre delegaron tareas en relojes, diccionarios o calculadoras. La diferencia es que esta nueva herramienta no solo calcula: conversa, propone y rellena espacios vacíos.

El interruptor, entonces, sigue estando del lado humano: usar la IA para recuperar información, pero conservar el hábito de preguntar, contrastar y recordar por cuenta propia. Así, el álbum digital puede ser una ayuda sin convertirse en quien decide qué historia guarda la casa.

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