A Vinyl Bar in Shibuya, creada por Máuhan M. Zonoozy, exresponsable de innovación de Spotify, desarrolla pequeñas aplicaciones para jugar con sonidos, voces y ritmos. Su hallazgo parte de una idea simple: el streaming resolvió el acceso a la música, pero dejó a gran parte del público en un lugar pasivo.

La compañía acaba de captar una ronda presemilla de 5,5 millones de dólares, con apoyo de Mantis VC, SV Angel, BoxGroup y otros fondos. También invirtió Dawn Ostroff, antigua directora de contenidos y negocio publicitario de Spotify, quien se incorporó como asesora.

Dawn Ostroff, antigua directora de contenidos y negocio publicitario de Spotify, se incorporó como asesora a Vinyl Bar in Shibuya.

Zonoozy dejó Spotify en 2024 para volver a emprender. Antes había fundado Bubbl, una empresa de recorte y remezcla de video que fue adquirida por Cricket Media.

La pieza clave no es prometer que todos se convertirán en músicos profesionales. Es ofrecer un interruptor para que una canción pueda tocarse, desmontarse y reconstruirse desde el teléfono o el navegador.

Una canción como una caja de herramientas

La propuesta puede entenderse como una casa con habitaciones conectadas. Una canción tradicional llega terminada, como si el usuario recibiera una llave para entrar y escuchar. Las aplicaciones de A Vinyl Bar in Shibuya, en cambio, abren puertas internas: permiten cambiar la velocidad, apagar una pista o mover efectos.

Una canción como una caja de herramientas

En lugar de mirar la música desde la vereda, el usuario puede entrar al cableado. No necesita conocer teoría musical para probar qué ocurre cuando una base pierde la batería, acelera el tempo o suma un sonido puntual.

Por ejemplo, Speed Surfer es una extensión de Chrome que altera la velocidad y el filtro del audio que se reproduce en una ventana. El mecanismo funciona como la perilla de un viejo reproductor: cambia la sensación de lo que se oye sin exigir una edición compleja.

Otra experiencia, Stacks, separa una canción en pistas y permite activar o desactivar elementos dentro de una cuadrícula de tres por tres. Así, una mezcla se convierte en un tablero: cada casilla encendida suma una capa y cada casilla apagada libera espacio.

Drops adopta una lógica todavía más física. El usuario coloca placas para desviar canicas que caen y producen notas musicales al rebotar. La tecnología queda detrás de escena; lo central es ver cómo una decisión pequeña cambia todo el recorrido sonoro.

Su producto más ambicioso es bop, una aplicación para iOS que deja colocar instrumentos y efectos en una cuadrícula para modificar una canción base. También permite ajustar el tempo, añadir efectos de uso único y exportar las mezclas a TikTok o Instagram.

La empresa trabaja además en una versión multijugador. La función permitiría que varias personas remezclen una canción juntas, como quienes cocinan alrededor de una misma mesa y cada una aporta un ingrediente.

La empresa trabaja además en una versión multijugador.

Recientemente, bop sumó instrucciones escritas para crear sonidos. Sin embargo, Zonoozy subraya que la compañía no quiere integrar inteligencia artificial en cada engranaje. La IA puede ayudar a construir productos e infraestructura, pero no debería reducir la participación humana a un botón automático.

Este año, la startup prevé lanzar un “mezclador de caja de arena musical”, un espacio para experimentar incluso con la creación de instrumentos. Si la inteligencia artificial multiplica las canciones disponibles, el gusto y la decisión de quien escucha pueden convertirse en el valor más difícil de copiar.

La música, entonces, podría dejar de ser un flujo que pasa de largo para volver a sentirse como algo que también se puede tocar.

0 0 votos
Valoración del artículo
Suscribirte
Notificar sobre
guest
0 Comentarios
Más Antiguos
Más Nuevos Más Votados