¿Qué pasa cuando, en una urgencia, tu estado no lo decide del todo el médico que te está viendo, sino una pantalla que te coloca en una fila? Esa pregunta atraviesa hoy a Brasil tras la muerte de Rebeca Cardoso Tenente Molina, una paciente que esperó cinco días una cama de UCI.

El caso ocurrió en Minas Gerais y quedó asociado a G1, que detalló la secuencia: Rebeca acudió por cálculos en la vesícula, empeoró, necesitó cuidados intensivos y terminó sufriendo un choque séptico mortal. En el centro de la controversia aparece Core-MG, la nueva plataforma automatizada lanzada el 19 de mayo para gestionar camas hospitalarias.

Según denuncia la familia, el software le asignó una puntuación de 6,8 cuando su gravedad real debía estar mucho más cerca de 10. Ese número, que parece pequeño, fue una pieza clave: otros pacientes con valores apenas superiores quedaron delante en la lista de espera.

Ahí aparece el punto más sensible. La discusión ya no es solo si faltaban camas, sino qué mecanismo decidió quién debía entrar primero y cuánto margen quedó para el criterio clínico directo.

Core-MG fue presentado por la Secretaría de Salud de Minas Gerais como una central para dar agilidad, trazabilidad y orden a los datos. Las autoridades sostienen que el sistema organiza mejor las solicitudes y que hoy procesa más de 3.000 pedidos diarios.

Pero la familia y gestores locales describen otra escena. Señalan que el sistema se convirtió en una barrera burocrática y que redujo la autonomía de los médicos, porque la prioridad final ya no depende tanto de la evaluación cara a cara, sino del algoritmo (regla matemática de decisión) que ordena la fila.

El algoritmo como tablero eléctrico

Para entenderlo, sirve una analogía doméstica. Un hospital funciona como una casa con un tablero eléctrico: cada interruptor dirige energía a un ambiente distinto. Si el cableado está bien, la luz llega donde hace más falta. Si una pieza marca mal la carga, la corriente se desvía aunque en una habitación ya haya humo.

Con Core-MG, la puntuación actúa como ese interruptor. No ve a la paciente: ve datos, casillas y valores. Si el número sale más bajo que la gravedad real, el sistema revela una imagen incompleta y puede mover a la persona hacia atrás, aunque el deterioro ya esté en marcha.

Eso es lo que la familia denuncia que ocurrió con Rebeca. Durante la espera no apareció una cama cercana y, según el sistema, la solución fue trasladarla en avión privado a un hospital ubicado a 300 kilómetros de su casa. Murió pocas horas después de llegar.

La clave del conflicto

Además, el caso escaló a la Justicia. El Ayuntamiento de Juiz de Fora presentó una acción civil pública contra el Estado, según informó Tribuna de Minas, y cuestionó la implementación del nuevo sistema.

La denuncia institucional habla de una transición sin migración adecuada de datos y de “inestabilidades operacionales”, es decir, fallos de funcionamiento que afectan el proceso real. También advierte sobre la falta de sensibilidad del software para captar particularidades geográficas, una variable clave cuando cada kilómetro cuenta.

El hallazgo de fondo es incómodo, pero útil: en salud, un algoritmo puede ordenar mejor el tráfico de información, aunque no siempre capte el pulso de una urgencia. Ese es el engranaje que hoy se discute en Brasil.

Y la oportunidad que deja este caso no pasa por apagar toda automatización, sino por revisar dónde debe estar el interruptor final. Cuando la vida depende de minutos, el cableado digital puede ayudar. Pero la mano que decide no debería perder de vista a la persona detrás del número.

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