¿Le dejarías a un asistente digital la tarea de reservar un viaje, mover dinero o hablar con otro sistema en tu nombre si no pudieras saber quién está del otro lado? Ese es el problema silencioso que empieza a asomar mientras la inteligencia artificial sale del chat y entra en internet abierto.
El hallazgo no llega de un actor menor. Vint Cerf, uno de los arquitectos de los protocolos de internet, dejó Google tras 20 años y ahora asesora a Innovation Labs, una organización que busca una arquitectura abierta para identificar agentes de IA. La pieza clave: que esos agentes puedan demostrar quiénes son antes de actuar.

Detrás de esa iniciativa está Identity Digital, una empresa vinculada al sistema DNS, el engranaje que traduce nombres de sitios web en direcciones legibles para la red. Su apuesta revela un cambio de escala: en el futuro podría haber más interacciones entre agentes de IA que entre personas, pero hoy falta un estándar común para identificarlos y auditarlos.
Cerf subraya que la clave no es solo técnica. También hay que responder preguntas básicas: qué autoridad tiene un agente, de dónde viene, quién responde por sus actos y por qué debería generar confianza.
Eso es lo que intenta construir DNSid, un estándar que vincula cada agente a un dominio ya existente. En lugar de dejar a la IA suelta con una identidad difusa, la conecta a una dirección conocida de internet y suma pruebas criptográficas (sellos matemáticos de autenticidad) para registrar y verificar su identidad a lo largo del tiempo.
Dicho de otro modo, no alcanza con que un agente diga “soy yo”. El mecanismo busca que pueda probarlo, como una cerradura que no solo reconoce la llave correcta, sino que además deja constancia de cuándo se abrió la puerta y con qué permiso.
El cableado de confianza para los agentes
Hoy la mayoría de estos agentes operan dentro de sistemas propietarios, es decir, entornos cerrados diseñados para tareas específicas. El salto importante vendría cuando puedan interactuar entre sí de forma autónoma en internet, sin intervención humana en cada paso.
Ahí aparece el principal obstáculo: la interoperabilidad, la capacidad de sistemas distintos para entenderse. Si cada empresa crea su propio documento de identidad para agentes, el resultado puede ser un barrio lleno de cerraduras incompatibles.

Por eso Innovation Labs ya prueba este esquema con grandes proveedores tecnológicos y compañías de identidad, aunque todavía no reveló sus nombres. Además, existe un borrador técnico en la IETF, el organismo que suele ordenar los estándares de internet, bajo el proyecto DNSid.
Cerf advierte que los agentes de IA son más complejos que los dominios tradicionales porque no son etiquetas estáticas. Son entidades activas. Deciden, consultan, ejecutan y, en algunos casos, negocian con otros sistemas.
También hay una oportunidad. Si ese control funciona, un usuario podría delegar tareas cotidianas con más seguridad: desde comparar seguros hasta coordinar compras o gestionar trámites. La comodidad, señala Cerf, será un interruptor poderoso para empujar su adopción.
Sin embargo, el veterano ingeniero también es cauto. No da por inevitable una economía basada en agentes, pero sí cree que la gente intentará construirla. Como ocurrió con TCP/IP, el lenguaje base de internet, la presión real no vendrá solo de los laboratorios, sino de la utilidad práctica.
Ese puede ser el verdadero hallazgo de esta etapa: antes de que la IA haga más cosas por las personas, internet necesita reconocerla como reconoce una dirección, una puerta o un timbre. Sin ese cableado central, la promesa de agentes autónomos puede ser fascinante, pero también frustrante.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.








