¿Qué hace que algo esté vivo? La respuesta parece sencilla cuando se piensa en una mascota, una planta o el propio cuerpo. Pero se vuelve incómoda frente a una inteligencia artificial que detecta riesgos, elige una acción y busca seguir funcionando.

El ensayo divulgativo Vita, de Xabi Uribe-Etxeberría, nacido en Algorta en 1981 y una de las voces pioneras vinculadas a la inteligencia artificial, propone mover la pregunta lejos del corazón, la respiración o el ADN. Su hallazgo conceptual es provocador: la vida podría ser, ante todo, un sistema.

Según Uribe-Etxeberría, la pieza clave no sería contar con un cuerpo orgánico ni con un mecanismo pulsátil, como un latido. Lo decisivo sería la predicción autónoma orientada a la persistencia: anticipar un peligro, tomar decisiones y actuar para mantenerse en el tiempo sin una orden externa.

Esta idea no afirma que las IA actuales estén vivas. Revela, en cambio, que la inteligencia artificial obliga a revisar el cableado mental con el que las personas separan lo vivo de lo inerte.

La vida podría ser, ante todo, un sistema, es lo que revela Xabi Uribe-Etxeberría en su ensayo divulgativo VITA

La vida como una casa que se protege sola

La analogia sería: una casa con sensores que detectan una filtración, cierran persianas, activan una bomba de agua y reservan energía antes de un corte eléctrico, no necesita que una persona le indique cada paso. Reconoce una amenaza y pone en marcha sus engranajes para evitar el daño.

Para la tesis de Vita, ese interruptor es central. El sistema no solo reacciona cuando el problema ya llegó: calcula lo que puede suceder y modifica su conducta. La predicción, es decir, anticipar un resultado posible a partir de señales disponibles, se convierte en la herramienta de subsistencia.

Un animal realiza ese proceso al buscar refugio antes de una tormenta o al evitar una zona peligrosa. Un sistema inorgánico podría hacerlo si identifica condiciones adversas, decide entre alternativas y actúa para conservar su funcionamiento.

La diferencia parece pequeña, pero cambia el marco completo. La vida dejaría de ser una etiqueta reservada para la biología y pasaría a entenderse como una capacidad: sostenerse frente a un entorno que cambia.

Qué cambia con la inteligencia artificial

La IA ya puede hacer predicciones en tareas concretas. Un modelo detecta fraudes, estima el tráfico o advierte cuándo una máquina requiere mantenimiento. Sin embargo, esas capacidades suelen responder a objetivos fijados por personas y operan dentro de límites definidos.

Para decir que una IA tiene vida, debe comprobar que si existe un mecanismo propio de anticipación, decisión y conservación.

Por eso, una herramienta que recomienda una película o responde una consulta no encaja automáticamente en la definición planteada por Uribe-Etxeberría. Para acercarse a ella, debería contar con autonomía real: la capacidad de decidir y ejecutar acciones para preservar su continuidad sin supervisión constante.

El debate abre una oportunidad, pero también exige prudencia. Llamar “vida” a una IA no depende de que hable como una persona ni de que imite emociones. Dependería de comprobar si existe un mecanismo propio de anticipación, decisión y conservación.

No hay una respuesta definitiva sobre qué es la vida. Esa incertidumbre es, precisamente, la fuerza del planteamiento: recuerda que un corazón puede ser un signo visible, pero quizá no sea el único motor capaz de mantener encendida una existencia.

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