Un hallazgo recogido por Futurism revela que algunos alumnos usan agentes de inteligencia artificial, sistemas capaces de ejecutar tareas por su cuenta, para completar cursos enteros en plataformas como Canvas y Blackboard. La herramienta puede entrar al campus virtual, seguir instrucciones, tomar apuntes y entregar actividades.

La alarma coincide con un caso reciente en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que tuvo que repetir de forma presencial una prueba de acceso realizada a distancia después de detectar una subida inusual de resultados destacados frente a convocatorias anteriores.

La UNAM que tuvo que repetir de forma presencial una prueba realizada a distancia

El mecanismo marca un salto frente al uso habitual de un chatbot. Antes, la IA funcionaba como una consulta puntual para aclarar un concepto o esbozar una idea. Ahora, algunos estudiantes entregan sus credenciales y convierten al asistente en una especie de sustituto digital.

Una llave prestada para una casa que debía habitar el alumno

La analogía más simple es la de una vivienda. Canvas o Blackboard son la casa del curso: tienen una puerta de entrada, habitaciones con lecciones, un buzón para tareas y espacios comunes donde se conversa con docentes y compañeros.

Dar las credenciales a un agente de IA equivale a prestar las llaves de esa casa a alguien que entra, recorre cada habitación y responde en nombre del propietario. El sistema autónomo puede iniciar sesión, leer las consignas y ejecutar la secuencia para la que fue configurado.

Dar las credenciales a un agente de IA es prestar las llaves a alguien que responde en nombre del propietario.

Ese cableado digital permite que la actividad parezca normal desde fuera. La plataforma registra entregas, mensajes y accesos. Sin embargo, pierde la pieza clave: la certeza de que quien razonó, escribió o participó fue la persona matriculada.

Además, la delegación completa tiene un costo menos visible. El alumno gana horas para otras tareas, pero deja de practicar el engranaje central de cualquier formación: leer, equivocarse, relacionar ideas y construir una respuesta propia.

Diversos estudios ya han señalado el riesgo de que un uso sustitutivo de estas herramientas debilite capacidades intelectuales. No se trata de que una calculadora resuelva una cuenta repetitiva, sino de dejar que otro haga el entrenamiento mental que el curso buscaba desarrollar.

El problema de verificar quién está del otro lado

Las instituciones y especialistas en ciberseguridad advierten que ceder una contraseña a un agente externo puede vulnerar las políticas de uso aceptable. También abre un problema de identidad: si el programa actúa con el perfil del estudiante, resulta difícil distinguir al usuario real de su delegado automático.

La respuesta universitaria tampoco es sencilla. Muchas instituciones alcanzan acuerdos con laboratorios de IA para incorporar modelos personalizados, sistemas adaptados a necesidades concretas. Prohibir por completo una tecnología que la propia universidad promueve crea una contradicción difícil de explicar.

Por su parte, las empresas responsables de estos sistemas sostienen que obligar a identificar a cada asistente inteligente o limitarlo de forma amplia podría afectar la privacidad y la seguridad de los estudiantes. La discusión, por tanto, no se reduce a bloquear una aplicación.

La oportunidad está en rediseñar las evaluaciones y devolver valor a las pruebas donde el proceso importa tanto como la respuesta: defensas orales, ejercicios presenciales, proyectos con seguimiento y conversaciones guiadas por docentes.

La IA puede ser una herramienta útil dentro del aula. Pero si toma las llaves, recorre la casa y vive el curso por otra persona, la pantalla muestra actividad mientras el aprendizaje se queda afuera.

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