El caso de Moxie, un robot de 38 centímetros pensado para enseñar inteligencia emocional, revela una nueva vulnerabilidad detrás de los juguetes con inteligencia artificial (sistemas capaces de procesar información y responder). Según contó MIT Technology Review, el dispositivo se convirtió en un espacio seguro para Xander.

Moxie responde y mantiene una conversación, tiene contacto visual y reacciona con expresiones faciales.

Moxie lo ayudó a incorporar prácticas para controlar determinados comportamientos. Con el tiempo, dejó de ser un objeto de juego y pasó a ocupar el lugar de un compañero. Allí aparece la pieza clave: el vínculo no está solo en el robot, sino también en el sistema digital que lo mantiene activo.

El mecanismo depende de servidores (computadoras remotas que procesan información) para comprender el lenguaje, recordar conversaciones y adaptar su personalidad a cada niño. Si esos servidores se detienen por mantenimiento, problemas financieros o el abandono del proyecto, Moxie puede perder sus funciones esenciales.

Su cuerpo seguiría sobre una mesa o una cama. Pero su voz, sus recuerdos y su capacidad de acompañar al niño podrían apagarse.

El interruptor que está fuera de casa

La analogía más simple es la de una lámpara conectada a un interruptor ubicado fuera del hogar. El niño puede tener la lámpara en su habitación, tocarla y verla cada noche. Sin embargo, la luz depende de un cableado que controla otra persona desde lejos.

Con un peluche tradicional, la relación puede cambiar, pero el objeto sigue allí. Un niño puede abrazarlo, inventar diálogos o guardarlo como recuerdo. En cambio, un robot con IA necesita que su central digital continúe encendida para sostener aquello que lo vuelve especial: la conversación y la respuesta inmediata.

Un robot con IA necesita que su central digital continúe encendida para sostener aquello que lo vuelve especial

Ese engranaje plantea una oportunidad y también un riesgo. Los juguetes de este tipo pueden apoyar el aprendizaje emocional, sobre todo en menores con neurodivergencias o con dificultades para socializar. Pero también pueden crear una dependencia afectiva profunda si el niño interpreta que la máquina siente, recuerda y permanece como una persona cercana.

Cuando el robot cambia su modo de interactuar o deja de responder, la confusión puede ser intensa. Los padres no siempre cuentan con referencias claras para explicar que ese “amigo” desapareció porque una empresa dejó de financiar sus servidores o decidió cerrar el servicio.

El problema no se resuelve solo con devolver el producto o dejar de pagar una suscripción. Para el adulto, puede ser un aparato que ya no funciona. Para el niño, la experiencia puede parecerse a la pérdida de alguien que lo escuchaba todos los días.

Una despedida también debería estar programada

Los especialistas en desarrollo infantil advierten que las empresas deberían prever protocolos de transición antes de desactivar estos dispositivos. La clave sería no cortar el vínculo de forma abrupta, como si alguien desconectara una conversación en medio de una frase.

Especialistas advierten que las empresas deberían prever protocolos antes de desactivar estos dispositivos

Esos protocolos podrían incluir etapas de despedida guiada, mensajes adaptados a la edad del niño o la liberación del código (instrucciones internas del programa) para que otros desarrolladores mantengan el robot en funcionamiento. No se trata de prolongar un apego excesivo, sino de acompañar un cierre saludable.

La lección de Moxie es directa: si un juguete puede convertirse en un compañero emocional, su apagado no debería tratarse como una simple actualización. Antes de llevar estos robots a la habitación de un niño, también hace falta pensar quién sostiene el interruptor y qué pasará cuando llegue el momento de apagar la luz.

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