¿Qué ocurriría si un medicamento pudiera probarse primero en una pequeña réplica de un órgano humano, en lugar de depender de años de ensayos que muchas veces terminan en fracaso? Esa es la oportunidad que busca abrir una nueva pieza clave de la biotecnología.

Vivodyne, una empresa emergente de San Francisco, desarrolló un complejo automatizado que describe como el mayor “centro de datos biológico” del mundo. Su hallazgo no guarda información en servidores: cultiva tejidos humanos vivos y los usa para evaluar medicamentos con ayuda de inteligencia artificial.

La meta es directa: acelerar el desarrollo farmacéutico y reducir la dependencia de la experimentación con animales. El mecanismo apunta a uno de los grandes problemas de la investigación: un tratamiento puede funcionar en un ratón y fallar cuando llega a una persona.

Según datos recogidos por Fast Company, el 90% de los ensayos clínicos en humanos fracasa pese a que los fármacos habían mostrado eficacia previa en animales. Las diferencias biológicas entre especies explican buena parte de ese salto fallido.

Vivodyne propone cambiar el orden de las pruebas. En vez de usar al animal como filtro principal, busca observar desde el comienzo cómo responde una estructura formada por células humanas.

Sus laboratorios reducidos, llamados “colmenas”, trabajan con chips biológicos, pequeños soportes donde las células construyen tejido vivo. A partir de muestras de sangre, el sistema logra que esas células se autoorganicen con vasos sanguíneos y células inmunitarias, dos componentes centrales para imitar un órgano.

Una colmena que funciona como una cocina de precisión

La escala también revela por qué el modelo llama la atención. Vivodyne asegura que puede realizar experimentos controlados sobre más de 3,1 millones de tejidos humanos al año, una capacidad que duplica la escala conjunta de los ensayos clínicos realizados en Estados Unidos.

Además, puede probar simultáneamente miles de compuestos. Frente a los cerca de 18 meses que puede requerir obtener ratones modificados genéticamente para una investigación, la compañía afirma poder completar 25 ciclos de ensayos en ese mismo plazo.

Vivodyne asegura que puede realizar experimentos controlados sobre más de 3,1 millones de tejidos humanos al año

Andrei Georgescu, director ejecutivo de Vivodyne, señala que el sistema puede administrar decenas de miles de compuestos terapéuticos para estudiar sus efectos en un tipo específico de tejido de una persona. Luego, el proceso puede repetirse en otros tejidos para encontrar riesgos o respuestas distintas.

Esto no significa que los ensayos en personas desaparezcan. La fase clínica seguirá siendo indispensable para comprobar seguridad y eficacia en organismos completos. Pero contar con una réplica más cercana al cuerpo humano podría evitar que candidatos débiles lleguen demasiado lejos.

Si este engranaje cumple su promesa, el futuro de los fármacos podría parecerse menos a una carrera de prueba y error y más a una cocina con mejores ingredientes: cada intento dejaría una señal útil para preparar el siguiente tratamiento con mayor precisión.

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