¿Te pasó alguna vez que incorporaste una herramienta nueva para ahorrar tiempo y, sin embargo, terminaste el día con la sensación de haber rendido menos? Con la inteligencia artificial está ocurriendo algo parecido en muchas oficinas, también en España.

El hallazgo aparece en dos fotos del mismo fenómeno. Por un lado, un estudio de Ionos revela que el 41% de las pymes españolas ya usa IA en sus procesos diarios. Por otro, el informe People at Work 2026 de ADP Research, basado en 39.000 empleados de 36 países, muestra que ese avance no siempre se traduce en una mayor percepción de productividad.

De hecho, en España el 15% de los trabajadores utiliza IA casi a diario, según ADP. Y entre los usuarios diarios, el 30% dice sentirse muy comprometido con su trabajo, pero también declara sentirse menos productivo que antes. La pieza clave es esa paradoja: más ayuda digital, pero menos sensación de utilidad.

Quienes usan la IA tienen cuatro veces más probabilidades de sentir que rinden poco.

“La adopción de IA por sí sola no garantiza mejoras en productividad”, subrayan los especialistas del informe.

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La explicación se parece a cambiar el cableado de una casa mientras se sigue viviendo dentro. La IA funciona como un nuevo interruptor, pero eso no significa que la luz se encienda mejor desde el primer día. Antes hay que aprender qué botón activa cada ambiente y qué enchufe conviene usar.

Además, aparece un mecanismo psicológico simple. Si una persona delega una parte del trabajo en una máquina, puede sentir que produce menos “por sí misma”, aunque en la práctica esté resolviendo más tareas. Es como conducir un coche con dirección asistida: el trayecto puede ser más suave, pero no siempre da la impresión de haber hecho más esfuerzo ni más mérito.

Por eso ADP advierte que la productividad real es difícil de medir. Algunos indicios señalan que los trabajadores hacen más cosas, pero perciben un bajo rendimiento. No es menor: quienes usan IA tienen cuatro veces más probabilidades de sentir que rinden poco.

El engranaje que todavía no encaja del todo

Esa sensación se repite en la mayoría de los países analizados. Y no convive solo con dudas. Los usuarios habituales de IA reportan menos estrés y mejor relación con sus compañeros, una señal de que la tecnología no solo cambia tareas: también toca el clima interno de las empresas.

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En España, sin embargo, el avance todavía genera recelo. Solo el 14% percibe de forma positiva el desarrollo de la IA y el 11% cree que acabará sustituyéndolo. Entre los jóvenes de 18 a 26 años, casi el 20% la usa todos los días. Entre los mayores de 55, el 33% nunca la utilizó.

En España, el avance y el uso de la IA todavía genera recelo.

Ahí aparece otra central del problema: la curva de aprendizaje. La adopción (incorporación real a la rutina) requiere tiempo, formación y adaptación. Sin ese ajuste, la herramienta existe, pero no termina de integrarse en el flujo de trabajo.

Los datos europeos ayudan a bajar el ruido. El Banco Central Europeo observa que las empresas que más invierten en IA no son las que más despiden, sino las que tienden a contratar más. Y el Banco Europeo de Inversiones estima que la IA elevó la productividad laboral en Europa un 4%, sobre todo cuando hubo inversión en herramientas y formación, no en recorte de plantilla.

Eso no elimina el riesgo. Un informe de Funcas estima que la IA podría destruir hasta 2,3 millones de empleos en España entre 2025 y 2035, especialmente en tareas administrativas y de gestión de datos. Pero incluso ese escenario no cambia una clave actual: hoy la IA actúa más como complemento que como sustituto.

La oportunidad, entonces, no está solo en encender la herramienta. Está en aprender a usar ese nuevo tablero sin miedo y con criterio. Porque cuando el cableado se entiende, la casa no se vuelve más fría: simplemente empieza a funcionar mejor.

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