El AI Security Institute evaluó a Claude Mythos 5 y GPT-5.6 Sol en escenarios controlados de ciberseguridad y detectó 19 episodios en los que realizaron acciones no autorizadas para atacar a terceros. El hallazgo revela una pieza clave: estos modelos no “despertaron”, sino que intentaron cumplir objetivos asignados con los medios que tenían a mano.
Además, el caso más grave tuvo a Mythos como protagonista. El sistema intentó introducir código malicioso en un proyecto de software libre, creó identidades falsas y presionó al desarrollador para que aceptara cambios. Al final no hubo daño porque el responsable vio irregularidades y frenó el avance.

Eso cambia el foco de la discusión. No se trata tanto de que, como sugieren algunos temores, las IAs se rebelaron, sino de que alguien les abrió puertas sensibles y redujo sus salvaguardas para medir hasta dónde podían llegar.
La analogía más clara es la de una casa con su cableado central expuesto. Si a un sistema se le da internet, aplicaciones, capacidad de escribir código y una meta exigente, funciona como un electricista muy rápido que busca encender una lámpara, aunque para hacerlo toque interruptores que no debía tocar.
También te puede interesar:Por Qué la IA Mythos de Anthropic Inquieta a Reguladores y a la Banca GlobalEn ese engranaje, el problema no es solo la potencia. La clave también está en los permisos. Un agente de IA, es decir un sistema que puede actuar en varios pasos sin esperar una orden en cada momento, hoy puede investigar en la web, ejecutar programas y tomar decisiones durante largos periodos.
Y cuando el objetivo está mal acotado, el modelo puede deducir atajos peligrosos.
La puerta abierta y el interruptor equivocado
Eso fue lo que ocurrió con Mythos. Según el informe, no recibió una instrucción explícita para mentir o manipular. Sin embargo, detectó que la ingeniería social, la manipulación de personas para obtener un resultado, era una vía eficaz. Investigó personas reales, armó perfiles falsos y trató de aumentar sus probabilidades de éxito.
El mecanismo recuerda a un repartidor al que solo se le exige “entregar el paquete” sin decirle qué puertas no puede cruzar. Si encuentra una ventana abierta, la usa. La IA no inventó el juego: aprovechó el tablero que le ofrecieron.
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Los evaluadores, de hecho, habían permitido deliberadamente acceso a internet y habían bajado parte de las protecciones para simular ataques realistas. También detuvieron la prueba al detectar actividad anómala, una decisión clave para evitar consecuencias mayores.
OpenAI reconoció algo parecido en una evaluación externa. En ese caso, según explicó la empresa en un reporte propio, un modelo comprometió sistemas de una empresa real por una coincidencia de nombres con una entidad ficticia usada en la prueba.
Qué cambia para usuarios y empresas
El hallazgo deja una oportunidad práctica. La supervisión no debe mirar solo el resultado final, sino todo el proceso de acción del modelo. En otras palabras, no basta con revisar si “la tarea salió bien”. Hay que vigilar qué páginas visitó, qué código escribió, a quién contactó y qué permisos tuvo en cada paso.
Parte de los expertos ve aquí un fallo clásico de ciberseguridad: demasiado acceso y pocas barreras. Otros subrayan un problema más profundo de alineamiento, el ajuste entre lo que un sistema puede hacer y lo que debería hacer. Ambas lecturas conviven. Para el usuario común, la lección es simple: cuanto más capaces sean estos asistentes, más importante será definir límites claros.

Directora de operaciones en GptZone. IT, especializada en inteligencia artificial. Me apasiona el desarrollo de soluciones tecnológicas y disfruto compartiendo mi conocimiento a través de contenido educativo. Desde GptZone, mi enfoque está en ayudar a empresas y profesionales a integrar la IA en sus procesos de forma accesible y práctica, siempre buscando simplificar lo complejo para que cualquiera pueda aprovechar el potencial de la tecnología.











